13/06/2021

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Si ya se tuvo COVID-19, ¿los anticuerpos podrían proteger para siempre?


Un nuevo estudio publicado en la revista Nature llegó con una respuesta positiva: muchas personas que han sido infectadas y tuvieron un cuadro leve probablemente fabricarán anticuerpos contra el virus durante la mayor parte de su vida.

El estudio fue liderado por el científico Ali Ellebedy, profesor e investigador del Centro de Vacunas e Inmunidad para Patógenos Microbianos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington en Saint Louis, Estados Unidos.

Sugiere que existen células productoras de anticuerpos de larga duración en la médula ósea de las personas que se han recuperado del COVID-19.

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El resultado también da indicios de que las vacunas que ya se han evaluado en su eficacia y seguridad y autorizado para uso de emergencia también podrían producir el mismo efecto duradero en muchas personas.

Los anticuerpos son proteínas que pueden reconocer y ayudar a inactivar a los virus. Cuando ocurre una infección, unas células de corta duración son una fuente temprana de anticuerpos. 

Pero estas células desaparecen poco después de que se elimine el virus del cuerpo, y otras células más duraderas fabrican anticuerpos.

Son las células B de memoria que son como un sensor en la sangre para la reinfección.

COVID-19

También hay las células plasmáticas de la médula ósea que se esconden en los huesos y producen anticuerpos durante décadas.

“Una célula plasmática es nuestro historial de vida, en términos de los patógenos a los que hemos estado expuestos”, dijo el doctor Ellebedy, quien lleva muchos años investigando el sistema inmune y diferentes infecciones.

Los investigadores suponían que la infección por el coronavirus desencadenaría el desarrollo de las células plasmáticas de médula ósea de larga vida como también lo hacen otras infecciones.

Pero los primeros estudios del año pasado advertían que en los cuadros graves se podría interrumpir la formación de esas células.

Lo que hizo el equipo del doctor Ellebedy es un seguimiento de la producción de anticuerpos en 77 personas que se habían recuperado de casos de COVID-19. La mayoría había transitado un cuadro leve. 

Los anticuerpos contra el coronavirus cayeron en picada en los cuatro meses posteriores a la infección. Pero ese descenso se desaceleró, y hasta 11 meses después de la infección, se podían detectar anticuerpos que reconocían la proteína “espiga” que sirve de llave al virus para entrar en las células.

¿De dónde venían esos anticuerpos? El equipo de Ellebedy recogió células B de memoria y médula ósea de un subconjunto de participantes.

Siete meses después de desarrollar los síntomas, la mayoría de estos participantes seguían teniendo células B de memoria que reconocían el coronavirus. 

En 15 de las 18 muestras de médula ósea, los científicos encontraron poblaciones muy bajas, pero detectables de las células plasmáticas de médula ósea de larga vida. Los niveles de esas células se mantuvieron estables en las cinco personas que dieron otra muestra de médula ósea varios meses después.

“El estudio llevado a cabo en Estados Unidos es una buena noticia, pero se necesita ahora más investigación respecto a los nuevas variantes. Porque la aparición de las variantes puede ser un factor limitante para la eficacia de esta inmunidad duradera”, comentó Mariano Pérez Filgueira, vicedirector del Instituto de Virología del INTA en Castelar.

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“Lo que se está observando es que la infección genera células de memoria que van a alojarse en la médula ósea y que subsisten en estado de reposo durante mucho tiempo -explicó el doctor Pérez Filgueira- La función de ese tipo de células de memoria es justamente reactivarse rápidamente cuando el individuo se encuentra nuevamente con un antígeno (en este caso, los del coronavirus con los que se infectó)”.

Un factor que puede influir en la protección duradera de las células de memoria sería la existencia de variantes del coronavirus, que se han desarrollado a partir de su propagación por el mundo. 

“Algunos anticuerpos del sistema inmune no van a reconocer al virus reinfectante y otros van a hacerlo con baja afinidad”, advirtió Pérez Filgueira.

“La otra característica es que también esos cambios en el genoma de las variantes les permiten replicarse con mayor eficiencia, con lo cual crecen en número mas rápido e infectan más células en más tiempo. Por eso se menciona que los pacientes infectados con algunas de esas variantes de preocupación tienen “mayor carga viral”, expresó el investigador.

El equipo de Ellebedy ya observó los primeros indicios de que la vacuna de ARN mensajero contra el COVID-19, elaborada por Pfizer/BioNTech, debería desencadenar la producción de las mismas células que generan los que ya tuvieron la infección.

Pero la persistencia de la producción de anticuerpos, ya sea provocada por la vacunación o por la infección, no garantiza una inmunidad duradera contra el COVID-19. 

Porque la capacidad de algunas variantes emergentes podría para atenuar los efectos protectores de los anticuerpos. 

Por esto, Ellebedy considera que es probable que se necesite un refuerzo de la vacuna después de recibir las dos dosis.

(Con información de Infobae)